No recuerdo bien dónde escuché o leí que la historia de la ciencia no es otra cosa que una larga lucha contra el principio de autoridad, un principio en el que algo es verdad o mentira según quien lo diga: el presidente de una nación, el papa, los familiares…, en cambio en la ciencia las aseveraciones no dependen de quien las dice, sino que se basa en argumentaciones sólidas que constantemente pasan por un proceso de comprobación y verificación.

Sin embargo, a pesar de dicho proceso, es contradictorio ver como durante muchos siglos no ha sido posible eliminar -desde esta solidez argumentativa- el principio de autoridad de que las mujeres no pueden dedicarse a la investigación científica por su condición de “inferioridad”.

En México, por ejemplo, sigue existiendo un número reducido de mujeres dedicadas a la la investigación científica: si bien pasó de 3.8 investigadoras por cada 100 mil mujeres en 1998 a 16.7 en 2018, la brecha respecto a los hombres no se ha podido reducir, ya que este pasó de 9.9 investigadores por cada 100 mil hombres en 1998 a 29.5 en 2018, lo cual nos habla de una diferencia  entre hombres y mujeres en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de casi el doble en 2018.

 

Ahora, si tomamos en cuenta el porcentaje de investigadores contra el de investigadoras, observaremos que durante los últimos 20 años las mujeres han logrado ganar algunos puestos de investigación: pasaron del 28.2% en 1998 al 37.3% en 2018 del total de plazas en el SNI, lo cual es un reflejo de la lucha que han hecho las mujeres por lograr la equidad de género en todos los niveles, de abrir más oportunidades en los lugares donde normalmente son excluidas.

Si la tendencia sigue a ese ritmo, en el año 2045 se podría tener el mismo número de investigadores e investigadoras. No obstante, uno podría preguntarse ¿por qué si se ha invertido tanto dinero y esfuerzo en resolver la desigualdad de género sigue existiendo hoy en día tal disparidad?

 

De acuerdo con la Dra. Antígona Segura, investigadora del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, el que hoy exista una desigualdad de género en la ciencia se debe en parte a los mecanismos que comienzan desde la infancia.

—Por ejemplo —me explica —si tú recorres el pasillo de cualquier supermercado de juguetes encontrarás el ‘pasillo rosa’ y el ‘pasillo azul’. El pasillo rosa es para proveer servicios y el pasillo azul es para construir o destruir cosas. En el primero tienes juguetes de muñequitas a las que hay que darle de comer, hay que vestirla, o la cocinita y en el segundo tienes juguetes para armar. El mensaje es claro: la sociedad construye mujeres que son destinadas para servir y hombres que son destinados para cosas creativas o destructivas, es decir, estamos construyendo un rol para cada quien en el que se mutila por un lado las capacidades de cuidado a los niños y por el otro las capacidades creativas a las niñas. Pero supongamos que las niñas tienen suerte y logran tener una vocación muy fuerte hacia la ciencia, que sí quieren ser científicas, ahora se cruzan con gente que les dice que no, que eso no es para ellas, que dichas actividades científicas no lo pueden hacer las niñas. Entonces, cuando llegan a la licenciatura son menos de las que potencialmente podrían llegar.

Por otra parte, la Dra. Antígona también señala que cuando las mujeres llegan a estudiar una carrera científica, se encuentran con una cultura masculinizada donde se desvaloriza a la mujer y en los casos más graves, el profesor o el compañero las puede acosar o violar, y que no hay un solo mecanismo que ayude enfrentar eso.

—La UNAM tiene uno —me comenta —muy defectuoso pero allí está. Pero el problema de las universidades ahorita es que ninguna universidad mexicana tiene estatutos que estén homologados a tratados internacionales de derechos humanos. Por ejemplo, la discriminación en cualquiera de sus formas no está considerada en los estatutos. Además, cuando una mujer denuncia actos de acoso o abuso sexual tienes que enfrentar a toda una maquinaria que no te va a creer, que te va a juzgar y te van a mirar feo.

En este sentido, alude al caso de Geoffrey Marcy, el buscador de exoplanetas (planetas alrededor de las estrellas) más famoso en astronomía, quien llevaba 20 años acosando a estudiantes.

—¡Cómo es posible que no sabían! —exclama —claro que sabían, lo hacía enfrente de todo el mundo pero nadie fue capaz de decirle oye tú no puedes decirle eso a una estudiante, no la puedes tratar así, no la puedes tocar, pero nadie fue capaz de decirle. Hasta que llegaron un grupo de mujeres  jóvenes a su departamento y apoyaron a las víctimas y levantaron una denuncia en la Universidad de Berkeley donde trabajaba. La respuesta fue, ya lo regañamos, ya no lo va a volver hacer y si lo vuelve hacer lo corremos. Entonces, todo el departamento escribió una carta diciendo no lo queremos  aquí, y a raíz de eso el tipo se jubiló y se fue. Pero fue una acción de toda una comunidad.

Para la investigadora, el problema que impide a las mujeres a ser científica son un montón de estructuras que nada tiene que ver con que ellas entiendan la ciencia o no, más bien tiene que ver en la construcción de esta actividad basada en la idea de la racionalidad de los hombres y la irracionalidad de las mujeres. Y en consecuencia se construye la imagen de que ninguna mujer es capaz de hacer ciencia, una creencia que se puede apreciar en las diferentes áreas del conocimiento científico, donde existe un reducido porcentaje de participación en las plazas para las llamadas ciencias duras (Física, Matemáticas y Ciencias de la Tierra -22.2%-) así como las ingenierías (22.6%), mientras que para las áreas de Medicina y Ciencias de la Salud y Ciencias Sociales ya alcanzan la misma proporción para el 2018 (equivalente al 49.7%).

 

—La gente que está a mi alrededor y que son científicos —aclara —te van a decir que ellos no creen eso y no lo creen porque se sienten tan racionales que están libres de cualquier sesgo, y eso es lo peor, porque tampoco analizan sus sesgos y menos se cuestionan la situación de por qué no están llegando aquí las mujeres. Lo que muchas veces se insinúa es porque no se esfuerzan… ¡Caramba! yo tengo estudiantes mujeres que vienen del Estado de México y atraviesan toda la Ciudad de México, su tiempo de transporte es de como tres o cuatro horas diarias, corren riesgo (a diferencia de los hombres que ni siquiera tienen que pensar en cómo vestir, que se pueden ir a las 9 de la noche), tienen problemas económicos, las familias las quieren casar, esos casos yo los he visto. Entonces, que no nos vengan a decir que las mujeres no se esfuerzan lo suficiente ¿qué más quieren que hagamos?

—Por consiguiente existe una ceguera de nuestra comunidad científica para verse como es, una comunidad intrínsecamente misógina, porque la ciencia se construyó así, pensando en la irracionalidad de las mujeres y la racionalidad de los hombres, por eso no nos dejaron incorporarnos a estas áreas. Además, se siguen haciendo chistes misóginos y no entienden que no deben hacer eso. Las niñas traen un sesgo de que no pueden dedicarse a la investigación. Por eso somos poquitas mujeres en la ciencia. Luego están los otros mecanismos externos de maternidad y las relaciones de pareja.

Al preguntarle por qué decidió estudiar ciencia, ella nos relata que fue por la curiosidad de entender el mundo que le rodeaba, le fascinaba el fenómeno de la vida, se la pasaba dibujando volcanes y estrellas, quería saber de qué estaban hechas las estrellas, esto le motivó a estudiar ciencia. Su madre hizo un gran esfuerzo en conseguirle muchos libros y gracias a ello se propuso a estudiar una carrera científica. Fue la única mujer en la carrera de Física de su generación, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (y 2 considerando a todas las generaciones), y como la carrera estaba llena de hombres eran vistas como raras.

En la licenciatura se dio cuenta claramente de las dinámicas de competencia y eventualmente cuando lograba responder a las expectativas de ellos y a las preguntas de los profesores, consiguió de alguna manera ser aceptada. En este sentido fue como sobresalió en un mundo dominado por los varones: tenía que demostrar que sí sabía y que sí entendía esos conocimientos.

Ya en la maestría (en la UNAM) sucedió lo mismo. Eran 8 mujeres, pero muchas se quedaron en el camino, y solo ella y otra compañera fueron contratadas en la UNAM. Luego, en el posdoctorado, llegó su embarazo, tuvo un hijo, sin embargo, las cosas que más se le dificultaron fueron las cosas que una mujer trabajadora tiene que vivir:  un compañero que no te apoya en la casa, cuidar a los hijos, trabajar arduamente…

En el Instituto donde labora actualmente tuvo que luchar para que se establecieran servicios igualitarios entre hombres y mujeres, aunque remarca que llevan 10 años sin contratar a una mujer, y el argumento es que no van a contratar una mujer solo por ser mujer, pero ella asegura que no van a contratar a una mujer solo por ser mujer, sino a una experta.

Antígona Segura sabe que el excluir a una gran parte de la población en una actividad social como es la ciencia, se pierde una gran diversidad de pensamiento, de experiencias, que aportan mucho cuando se genera un grupo de trabajo. Y no es que las mujeres no hayan aportado al conocimiento científico durante siglos: mucho de este conocimiento fue eliminado en la historia de la ciencia.

Cree en la capacidad de la sociedad de revertir esta barbaridad y construir una ciencia amable, en el sentido de que se puedan entablar diversas relaciones. Una ciencia que no construya el conocimiento a partir del sufrimiento: de no tener que dedicarse todo el día a la ciencia, para poder hacer ciencia, lo cual para ella es absurdo, ya que es una política que va en detrimento de la misma persona y de otras.

Subraya también que el mundo no está hecho para dedicarse a una sola actividad, nadie debería hacerlo. Y piensa que si las mujeres entraran en la actividad científica en mayor cantidad, ayudaría a que se borrara esta idea del sufrimiento como motor de la construcción del conocimiento.

Actualmente ella trabaja en el tema de exobiología, donde trata de entender cómo se origina la vida en la tierra, como evoluciona y en qué otros lugares del universo podría originarse la vida y cómo detectarlo.

Aconseja que si queremos tener más mujeres en la investigación científica, se deben crear ciertas políticas que permitan abrir más espacios para ellas en las universidades.

—El problema —enfatiza —es que las políticas no están homogeneizadas para obligar a las universidades a tener políticas de contratación de mujeres, en este momento no son funcionales para contratar mujeres. Hay algunas políticas de apoyo para que estudien, los hijos, pero para que lleguemos a ser investigadoras no. También necesitamos reestructurarnos como sociedad, y dejar de asignar roles de acuerdo a ciertas características de los genitales, y de suponer que esos roles son naturales. Esos roles no son naturales, no hay nada en la ciencia que apoye eso, y tampoco no hay nada que apoye las diferencias fisiológicas entre hombres y mujeres, y que por tal motivo las mujeres sean menos aptas para la ciencia.

Concluye que todos los seres humanos somos igualmente capaces para la ciencia, mientras no entendamos eso no vamos a cambiar la situación rápidamente. Además, las mujeres no solo podrían dedicarse a la ciencia sino a otras actividades: al campo de la construcción, al manejo de trailers, a la carpintería… Por lo tanto, asegura que lo mejor para nuestra sociedad será dejar de asignar y reproducir estos roles de género que tanto nos afectan.

 

 

Análisis y visualización: María Erandi Flores Romero  |  Texto: Wilant Gomari  |  Edición: Oliver Agiss

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